"Londres va más allá de cualquier límite o convención. Contiene todos los deseos o palabras que se han expresado alguna vez, cada acción o gesto que se ha hecho, cada declaración dura o noble expresada. Es ilimitada.
Es Londres Infinita."
Peter Ackroyd
Mi trigésimo segundo cumpleaños fue uno de los días más raros de mi vida. La luz de la mañana y el calor del mes de Julio me encontraron adormilado y meditabundo tras casi una noche entera de duermevela. Llevaba más de seis meses en el paro, como tantos otros en España y estaba a punto de realizar un viaje medio aventurero para conseguir dinero, una de las decisiones más difíciles que he tomado nunca puesto que me iba solo, dejando en Madrid a mi mujer y a mis hijos por un corto periodo de dos meses, que en aquel momento se me parecía a dos vidas. Me duché e ingerí mi primer café con el objetivo de no desperdiciar ni un solo minuto de lo que me quedaba del día en compañía de mis seres queridos. Bajé a la piscina con los enanos después de revisar mi equipaje y tras despedirme de los vecinos que conocían mi periplo, bajé al Pielago a comprar una tortilla para almorzar ya que por una vez en mi vida no tenía ninguna gana de cocinar ni tampoco apetito. Cual no fue mi sorpresa cuando Beatriz me dio una tarta de cumpleaños que me habían hecho deseándome suerte. Un precioso gesto que no solo consiguió sentirme querido, sino que hizo mi partida aún más dura. Después de una ligera comida en la que traté de fingir total normalidad llegó el momento del adiós mientras las lagrimas me brotaban a borbotones dejando claro en aquel preciso instante que yo no era tan duro como quería parecer sino totalmente vulnerable, y que la angustia, la pena y la duda eran sentimientos que me acosaban sin clemencia.
Mis padres me acercaron al aeropuerto para coger el vuelo que me llevaría a la capital británica, la antigua Londinium, vuelo que salió a la hora prevista a eso de las siete y media de la tarde y que duraba si mal no recuerdo aproximadamente una hora y cuarenta y cinco minutos, durante los cuales y también como excepción la música no me acompañó. Tenía demasiadas cosas en la cabeza y necesitaba pensar. Tenía que pensar en cómo llegar al centro de Londres, (y en mi mujer,) y desde el centro cómo llegar al East End, (y en mis hijos), una vez allí llegar al Camp de la empresa, (y en mi mujer), ¿estaría abierto a esa hora?, (y en mis hijos)...
Llegué a Victoria Station rondando las once y media de la noche y cogí el metro para llegar a Stratford. Creo que debí de coger el camino más largo porque cuando salí a la calle ya era la una de la mañana. Lloviendo como solo puede llover en Londres en verano, desorientado, empapado y exhausto decidí pedir a un taxi que me llevase a mi destino, Sugar House Lane, porque aunque sabía por haberlo visto en los mapas que estaba cerca, no era la hora ni el momento para andar deambulando bajo la lluvia. La primera alarma se encendió cuando el taxista me preguntó si esa era la dirección correcta. Busque el e-mail en el que estaba la dirección y tras corroborarle que así era, inició una carrera que no llegaría a los cuatro minutos. "Es aquí" me dijo. Debe de tratarse de un error. Pero un pequeño cartel mal iluminado me sacudió una bofetada de realidad en el que se podía leer "Camp CleanEvent".
Una muralla medio derruida coronada por alambre de espino y un par de cámaras de seguridad hacían la entrada de una antigua fábrica que nunca supe a qué se dedicó en otros tiempos. Después de identificarme a los miembros de seguridad de la entrada, estos me escoltaron a la recepción donde volví a mostrar los e-mails que me acreditaban como trabajador de la empresa y residente del Camp. Bajo la lluvia me acompaño a través de varias casetas de obra, hasta dar con la numero 52, en la que me iba a "hospedar". Cuando abrió la puerta descubrí un habitáculo de no más de quince metros cuadrados donde habían cinco literas mal organizadas en las que maldormían mis nuevos compañeros. Encontré a pesar de la oscuridad una libre en una esquina a la izquierda de la entrada y mientras esperaba que me trajesen juegos de cama limpios, en total oscuridad y tratando de no molestar dejé mis maletas en un rincón y me medio desnudé para tratar de dormir un poco. Estaba tan confuso que no reparé ni en preguntar donde estaba el baño. Para cuando conseguí acostarme, me di cuenta de que estaba helado, triste y treméndamente solo, cubierto en una cama mal hecha. Eran las dos y media de la madrugada del 12 al 13 de Julio del año olímpico 2012. Feliz cumpleaños Alain.
La mañana siguiente no podía ser más distinta a la noche. A las seis y media de la mañana un sol cándido y cálido me dio de lleno en la cara, ya que la noche anterior no me di cuenta que mi litera quedaba debajo de una de las ventanas de la caseta. Decidí levantarme y salir de ahí para tratar de organizar mis ideas de acuerdo a la tesitura en la que me encontraba. Encontré los baños a unos treinta metros de mi caseta, y tras asearme y desayunar un poco me fui a andar por la ciudad. Hoy en día no recuerdo la ruta que tomé, ni las calles que recorrí, ni los monumentos que contemplé. Llamé a mi familia por teléfono y oculté a toda costa cualquier signo de intranquilidad y omití cualquier detalle sobre mi "residencia" para evitar que se preocupasen. De vuelta al camp, deambulé de aquí para allá, hasta que me metí en el pub. Un recinto cubierto por una loneta, que se llamaba Jo's Place. Como no conocía a nadie y soy muy tímido de primeras no entablé conversación con nadie, así que me limité a jugar al billar solo mientras creo recordar sonaba esto:
Desde la esquina en la que estaba el billar contemplaba con curiosidad a toda la gente que entraba y salía, y era claro quién llevaba ya un tiempo y quién acababa de llegar por sus caras de perplejidad que hasta hacía solo unas horas yo también había mostrado. Allí había ingleses, australianos, escoceses, pero sobre todo húngaros y españoles. De entre los últimos entró una que no parecía que acabase de llegar, porque era un torrente de sonrisas. Era pequeña, fuerte, inquieta, con el pelo rojo cobrizo oscuro y aunque no la oí hablar estaba claro que era española, no solo por su apariencia, pero por que llevaba una camiseta de Heroes del Silencio:
Pasarían aún un par de días hasta que descubrí que aquel pequeño torrente de alegría se llamaba Meritxel. En mis primeros días seguía estando casi siempre solo, quitando por la incomoda presencia de otro español que parecía tener la imperiosa necesidad de estar en contacto con alguien, un tipo que en el poco tiempo que llevaba ya tenía su propia leyenda urbana, un tal Pepe, o Pepillo.
Después de un breve e infructuoso cursillo en el que se supone que nos explicaron nuestros roles dentro de la empresa todo fue más fácil. Empecé a conocer a gente, que no me suponía una carga espiritual como el antes mencionado, sino que encontré su compañía tan agradable como estimulante. Mi primer tour en Londres con plena conciencia lo haría con Eduardo, Sonia, Isabel, Juanito y alguno más. Mientras ellas recorrían las tiendas del Soho, Eduardo y yo nos limitamos a lo que conocemos, los Pubs, y en casi todos y a todas horas, como en el resto del mundo sonaba esta canción:
Luego en el Camp, entablaría amistades con muchos otros como Carras, Sergio Moreno, Pereda y el resto de jóvenes de la empresa que eran los más. Desde el patio nos llegaban las canciones de actualidad que el Jo's ponía una y otra vez:
Una vez comenzamos el trabajo, el vaivén de personal los primeros días fue treméndamente confuso, nadie sabía a ciencia cierta donde debía de ir, así como nadie sabía exactamente lo que tenían que hacer. No sabíamos de cuanta gente contábamos en cada edificio, cuando iban a venir las delegaciones olímpicas, donde estaban los productos de limpieza, etc. No teníamos la más mínima certeza casi de ninguna cosa. Lo único que se repetía religiosa y puntualmente era la alarma que Juanito ponía cada mañana:
Juan era una especie de ángel, posiblemente una de las mejores personas que he conocido en mi vida. Siempre atento y siempre de buen humor. Por ese motivo le llamaba con cariño y un toque cruel Juanito "sonrisas". Una noche hablando de música de cama a cama, ya que dormíamos uno al lado del otro, hablábamos de Michael Jackson y le comenté mi canción favorita que era y es Liberian Girl, y resultó que también a él le encantaba ese tema, así que lo puso de tema despertador. Que ocurrió? que aquella mañana nos quedamos dormidos los dos y llegamos al trabajo de pura casualidad.
Al cabo de una semana ya teníamos los grupos de trabajo casi formados. Yo tenía a muchos que entraban y salían a diario, pero mis grupos tenían tres pilares básicos. Donald, Noemi y Esther. Donald era un tipo genial, pero de cierto temperamento y por algún motivo siempre me tuvo simpatía por lo que conseguía apaciguar las pequeñas revueltas que se ocasionaban con cierta frecuencia bajo su mando. Noemi y Esther eran el motor de mi equipo. Currantes hasta decir basta, pero no solo de curro vive el hombre. Noemi desplegaba cada día su natural alegría granadina, con más ganas que talento nos interpretaba todas las mañanas "versiones" muy suyas de canciones del momento, la que hoy en día no puedo dejar de oír sin recordarla es la siguiente:
Esther por el contrario era más reservada, o simplemente más seria. Aunque era solo apariencia porque luego tenía un fino sentido del humor, me sirvió como lección para mis prejuicios, ya que siempre pensé que aparte de Miguel Delives no había salido nada bueno de Valladolid. Aunque ella también tenía una fuerte tendencia roquera, ya que le gustaban bandas como Nirvana, Red Hot Chili Peppers o Muse, me enseñó una cantante que no conocía y que reconozco que me gusta bastante:
Ya todo tenía una peculiar sensación de normalidad. He de decir que me acoplé al mundo infrahumano del camp con total naturalidad. Nunca tuve problemas con el agua caliente en las duchas, ya que cuando yo me duchaba era el único despierto a esas tempranas horas de la mañana y con el suficiente animo de espíritu como para recorrer los cincuenta metros que separaban mi suite de las duchas con una toalla enroscada tapándome las vergüenzas, pero podría haber ido tranquilamente desnudo ya que a las cinco y media de la mañana si alguien me veía era porque se acostaban demasiado tarde. Los grupos de amigos se iban definiendo poco a poco, y las excursiones a la city eran más o menos ocasionales. Recuerdo una en particular que fuimos a Hyde Park. Carras, al que si querías fastidiar un poco solo tenías que cantarle la de "Sittin' on the dock of the bay" y el se tiraría el resto del día silbando el final de la canción, en medio del parque se encaramó a un enorme sauce llorón y comenzó a entonar para mi sorpresa:
Sin embargo a la salida del parque, camino de Leicester Square, Sergio Pereda y yo nos improvisamos un dueto de la nada, cantando una canción poco conocida de Pink Floyd que no se nos dio mal del todo:
Pero aunque estaba muy bien rodeado, y trataba en todo momento de estar ocupado y distraído, cuando caía la noche, en la soledad de mi cama no podía por más que lo intentaba, sufrir por la distancia que me separaba de mis seres queridos. Deseaba poder levantarme a darle un beso a mis hijos, y más de una noche me desperté de repente con un gran dolor en la mano que, por un movimiento natural hecho durante más de diez años cada noche, había estampado contra la pared al ir a "abrazar" a mi mujer en sueños.
Sí, se puede decir que ya estábamos entrando en la rutina cuando un grupo de amigas decidieron que no se habían acoplado tan bien a los "placeres" del camp y se mudaban a una casa cerca de la villa olímpica. Como es natural, todo grupo de mucha gente se va dividiendo en subgrupos, y de un plumazo Esther, Meritxel, Lola, Pilar, Raquel, Nuria, Carolina y Begoña (creo que Yaisa se unió después) se convertían en el grupo de las chicas de "la casa". Reconozco que a la hora de su partida, a la gran mayoría de ella solo las conocía de vista, o de haber charlado en un par de ocasiones, pero la marcha de Meritxel, Lola, Pilar y sobre todo Esther me dio cierta pena.
Las delegaciones olímpicas iban llegando poco a poco, y la villa olímpica se inundó de color, de música y de estrellas. Una banda de acróbatas daba la bienvenida a todos los equipos a la entrada de la villa con canciones de Queen. Me pregunto cuantos no harían gratis lo que nosotros hicimos por dinero, ver a Bolt, a Isinvayeva, al orgullo nacional de baloncesto al completo, a Pistorius... Las olimpiadas se me pasaron volando. La verdad es que fue una experiencia sin igual. Pero mientras nosotros seguíamos al billar en Jo's, disfrutando de las distintas actividades que la empresa tuvo la gentileza de proponer, desde un concurso de "talentos" hasta echar un combate de Sumo al más puro estilo de humor amarillo. Y tan pronto como llegaron las olimpiadas, se fueron...y la empresa decidió montar una fiesta para agradecer el buen "trabajo".
A mí esa fiesta me supo agridulce, porque si bien estaba dispuesto a pasármelo bien, amigos cercanos como Carras y Noemi anunciaban que se marchaban.
Otro de los subgrupos más entrañables los formaba un par de extremeñas y una abulense, me refiero a Sandra, Noemí Carmona y Anita "callate-ya". La verdad es que era un trío agradabilísimo y peculiar. Con Sandra y Anita me escapé mi único día libre en un mes para ver las ruinas de Stonehenge en Salisbury, y pasamos un día de diez. Recuerdo que las tres eran completamente distintas una de la otra, pero se complementaban a las mil maravillas, y como no hay un grupo musical que las asociará en mi memoria:
Para la ceremonia de clausura nos invitaron a cenar a Juanito y a mí a "la casa". La verdad es que era un ejemplo que debían de seguir los políticos, ya que era un real escenario de concordia española, desde Barcelona a Sevilla, pasando por Valladolid, Madrid y Valencia. Y entre tanta buena gente nos colábamos otro sevillano, un ceutí y un apátrida. Cada una de las chicas aportaba algo distinto, Esther y Carolina serenidad y buen juicio, Lola y Meritxel alegría en estado puro, Pilar ansia de vivir, Begoña total buen-rollismo, y Raquel y Nuria aire fresco en su post-adolescencia. Este peculiar grupo creó un concepto nuevo para mí y desastroso para el vecindario: Las Kitchen Parties. Donde algunas veces actuaba como DJ, en el corto espacio de tiempo en el que estaba porque siempre a pesar de las burlas, abandonaba el escenario temprano siguiendo las sabias enseñanzas de mi abuela "cuando la fiesta este en su mejor momento, abandónala; así siempre tendrás un buen recuerdo". Es curioso como puedo asociar una canción con cada uno de los personajes de tan pintoresca familia. Eduardo, clásico donde los haya siempre me pedía la misma canción:
Lola, como su nombre era cien por cien española, y se ponía a bailar en cuanto oía:
Estaba claro que nunca he sido un DJ fiestero ya que me muevo en otros ámbitos musicales, pero conseguir sacar un gran Oooooohhhhh!!! a Pilar cuando puse el siguiente tema:
Las niñas bailaban cualquier cosa, pero Begoña, que seguía siendo casi desconocida para mí, solo dio muestras de aceptación cuando para darle un poco de vidilla a la noche, puse a uno de mis clásicos:
Las kitchen Parties se convirtieron en una realidad fascinante. Cualquier excusa era buena para disfrutar de la música en la mejor de las compañías, disfrutar de las tortillas y empanadas de Lola, regadas en Rekordelig para las chicas, cerveza llana para los chicos y Muertini seco para los valientes. Fue tal el impacto que para el cumpleaños de Pilar tuvieron invitados desde los ámbitos más variopintos. Yo, acostumbrado a las actuaciones de los españoles en su habitat natural casi no le hubiese dado importancia al hecho, salvo un reproche tímido y oportuno...pero cuando ves a un hindú trajeado sacando con mal disimulo su Iphone para grabar con cara de asombro una escena, te das cuenta que hay algo que a los extranjeros no les cuadra:
Pero uno de los motivos de las Kitchen Parties eran las despedidas, y cada vez eran más frecuentes y menos los valientes que quedábamos en el ruedo. Primero Carolina, luego las niñas...Eran momentos de celebración y de lagrimas. Como se podía llorar así por alguien que apenas conocías hace un mes, mes y medio?. Pero todo fue desproporcionado aquel verano, y teníamos los sentimientos a flor de piel. Ahora, con unos cuantos meses de por medio, me salta la duda de si llorábamos por los que se iban o por los que nos quedábamos, ya que cada despedida significaba un día menos a que llegase la nuestra propia, y la aventura que comenzaba como una agonía estaba llegando irrevocablemente a su triste fin.
Las paraolimpiadas fueron una pobre imitación de la pompa y el lujo de sus predecesoras. Si bien las delegaciones eran recibidas con los mismos acróbatas, me pregunto quién era el responsable de elegir las coreografías, porque hay que tener un humor bastardo para recibir a los paraolímpicos con la canción de Bike (quiero montar en mi bici, quiero montar en mi bicicleta). El resto de los juegos me pasó casi tan rápido como las olimpiadas, mientras admiraba a aquellos hombres y mujeres que competían con alegría y no profesionalidad con todos los impedimentos físicos que tenían.
Yo, en el camp estaba cada día más solo. Los jóvenes casi no paraban una sola noche sin salir y yo no tenía ni el dinero ni las ganas para acompañarles. Así que me sentaba en mi soledad en un banco cerca de los servicios a fumar y escuchar música antes de acostarme. La gente empezó a bautizar aquél banco como "mi banco" y muchas noches Clara me hacía compañía escuchando mis disertaciones y las canciones pertinentes, como hago ahora con este blog. Era una gozada hablar con ella, porque era sensible y receptiva, parecía casi que disfrutara:
Y por fin llegó la noche en la que la gran mayoría eramos desempleados oficiales de CleanEvent. La empresa ofreció nuevamente una fiesta de agradecimiento a todos los trabajadores, pero al igual que la comparación Olimpiada-paraolimpiada, esta fiesta no fue ni la sombra de la primera. Sin embargo y aunque la mayoría ya no teníamos cuerpo para fiestas después de dos meses sin casi parar, acudimos puntuales a la cita, ya que era la despedida general, el momento que tanto ansiábamos al comienzo era una realidad, y mi periplo londinense llegaba a su fin. La gente sonreía, la gente cantaba, la gente festejaba y posaba como Usain Bolt para las fotos, pero dentro de la mayoría había un resquemor amargo e indescifrable. Aquella noche nos reímos y bebimos como si al día siguiente fuese a estar prohibido. Lo dimos todo, pero a la gente le pudo el cansancio o la tristeza, o ambas, y la fiesta no tuvo para muchos el final que debiera. Si hay una canción de aquel verano en el Jo's que escucho con deleite es esta:
La mañana de mi último día llegó tan soleada como la de mi partida. El día anterior y con más valor que ganas nos fuimos a visitar el British Museum, y mirábamos a las momias con una cara de "mira como duerme". Por la noche no pude evitarlo y me pasé por "la casa" para despedirme de la gente que accidentalmente se había convertido en mi "familia" durante dos meses. No pude quedarme demasiado tiempo, ya que hubiese montado una escena, pero cumplí y con un nudo en la garganta desaparecí de aquel lugar por última vez. Esa mañana había desecho mi cama, ultimado mi equipaje, y esperé tan solo como llegué a que fuese la hora de marchar para el aeropuerto. En el tren camino de Gatwick, la tristeza pudo ser vencida por la ilusión de volver a ver a mis seres queridos. Habrían cambiado mucho los niños en dos meses? cómo me recibirían? que cara pondrían cuando les diese los regalos?...Habían pasado solo sesenta y un días desde que me fui, pero parecía a la vez ayer y hace una eternidad. Regresaba a casa agotado, con diecisiete kilos menos, una maleta llena de regalos y el corazón lleno de recuerdos. Sin embargo volvía con la sensación de que no era enteramente el mismo que partió, igual que me llevaba todo tipo de imágenes algo de mi ya no estaba, algo que no sé que era ni a día de hoy. Ahora vuelvo a ser feliz en mi casa, pero sin estar seguro de qué fue se que algo me dejé en un lugar de Londres, en un punto en Crownfield Road.


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