"La única manera de ser feliz, es que te guste sufrir"
Woody Allen
El otro día me ocurrió una situación que como poco clasificaré de peculiar. Estaba en la barra del restaurante en el que trabajo, una tarde demasiado tranquila para ser sábado, cuando un hombre, un hombre como cualquiera de los cientos que entran a diario, se sienta en la barra y me pide un Gin Tonic, Beefeater y tónica Schweppe's (como Dios manda). El hombre en cuestión no llamaba para nada la atención, pasados los cincuenta y cinco, bien vestido, la típica persona que si tuviese que describirla sería muy difícil conseguir una descripción que no concordase con la de cien mil tipos más. Yo, que como camarero soy bastante huraño, me limité a servirle la copa y a seguir con mis asuntos, quiero decir con esto que no soy del tipo que como peluqueros empiezan a trivializar con el cliente sobre cualquier bobada, me gusta respetar al cliente y sobre todo que el cliente me respete a mí. Como mi deambular por la barra producido por el aburrimiento era notorio y que el hombre en cuestión no dejaba de estudiar mis movimientos, decidí romper una de mis reglas básicas y tratar de entablar conversación con aquel desconocido que a todas luces era lo que él de algún modo deseaba. Y cómo se comienza un coloquio con una persona totalmente desconocida? con un método ancestral que jamás falla: me acerqué mirándole fijamente, sin demasiada celeridad, cogiendo aire con deliberación y pronunciando la formula mágica: todo bien?. Cual no sería mi sorpresa cuando el caballero en cuestión responde lacónicamente: "aquí, aprendiendo un poco hostelería". No se porqué lo dije, ni se porqué tuve la certeza de decir lo correcto, pero viendo a ese hombre entrado en años, de imagen totalmente respetable, le pregunté: "esta usted seguro?". Al parecer mi pregunta le cogió tan de sorpresa como a mí su primera respuesta. Me miró con cierto tono burlón y me volvió a preguntar: "por que? usted que opina de la hostelería". Le podía haber soltado una disertación propia de Catón el Grande, en plan "Delenda Carthago" sobre mi opinión sobre tan noble profesión, pero nuevamente el misterio hizo acto de presencia, y contesté sin pensar: "yo estoy en esto por vocación". Verdad a medias y mentira a medias. Lo cierto es que entré en la hostelería como se suele decir de penalty, pero de pequeño jamás pensé en que sería camarero, mi sueño era ser oceanógrafo como Jacques-Yves Cousteau, pero el destino es caprichoso y en vez de enfrentarme a los misterios del mar, me dedico en muchas ocasiones a ahogar a mis clientes, aunque sea en alcohol. Resultó que aquel hombre enigmático, quedó encantado con mi respuesta sin meditación alguna, así como resultó que el tipo de marras era el presidente de la escuela de hostelería y turismo de Toledo. Después de abonar su consumición (no tenía pensado invitarle por muy presidente que fuese) el se fue encantado y yo, como no podía ser de otra manera, me quedé tras mi barra, dándole vueltas a la olla express que tengo por cerebro: Que coño hago en hostelería?
Hostelería es una de las profesiones más antiguas que se conocen. En la Biblia los Evangelios hacen eco de cómo Jesús multiplicó los panes y los peces en las bodas de Canaan, pero ninguno de sus discípulos hace mención alguna de cómo fue el servicio. Por lo menos, gracias al milagro que si no ni eso, no sabríamos siquiera parte de la comanda. Qué conclusión sacamos de ello? no solo que el jefe de cocina de Canaan no hizo el pedido debidamente sino que los hosteleros somos y hemos sido siempre los grandes olvidados.
Nunca se nos ha dado el respeto que merecemos, pero a todos les gusta que les sirvan, porque le otorga la posibilidad de sentirse señores, y de creer en la magia, porque cómo ha llegado este delicioso plato a su mesa cuando no ha tenido ni la decencia no solo de darle el debido agradecimiento al camarero en cuestión, sino que no ha tenido ni el más mínimo respeto de tener la pequeña cortesía de dar los buenos días/tardes/noches o siquiera de mirarle a la cara cuando pedía. Si por lo menos estuviésemos puestos por el ayuntamiento esto daría un poco de seguridad a nuestra precaria situación ya que seríamos funcionarios a todos los efectos, pero tampoco es el caso. Pero sin profundizar ni demonizar ni exaltar la figura del hostelero retomo mi pregunta: Que coño hago en hostelería?
Como no tengo respuesta a por qué estoy en hostelería, me limitaré a dar consejo a quien desee entrar en hostelería. Uno muy simple, deshumanizate. Olvídate de tu imagen personal por que ya no será tuya, vestirás como te digan, peinarás como te impongan, callarás para siempre, tanto ante el cliente como ante tus superiores, y entre compañeros mira bien qué es lo que dices y a quién, porque siempre hay gente dispuesta a tergiversar tus palabras para ganarse el favor del jefe. Olvídate de tus amigos, ya que no encontraras hueco en tu agenda para hacer vida social. Despréndete de tu familia, si tienes suerte verás a tus hijos los días que libres, y serán medios días porque ellos han de ir al cole y esas cosas. Deslígate de ideologías, ya que solo te causarán frustración al oír las salvajadas que los clientes pronuncian a veces, completamente indiferentes a ti o a tus sentimientos. Siempre he hecho una comparación muy burda pero muy acertada sobre lo que la hostelería es. En hostelería somos putas, nos pagan por sonreír mientras que nos violan con impunidad. Pero la rabia que esto genera, hace que sueñe con pasar un ratito con algún cliente para mostrarle mis puntos de vista, no mucho, con cinco minutos me bastaría, en una habitación sin ventanas.
De ahora en adelante vivirás para servir, aguantarás insultos y vejaciones solo para el disfrute de los humanos que como tú otrora fuiste. Les servirás en sus comidas, sus cenas, sus copas, sus bodas, sus comuniones, sus fiestas de fin de año, en las que debes compartir su buen rollo y reír sus chistes con la esperanza de que sea consecuente con la propina. Perro!!! confórmate con las sobras del señor que caen debajo de su mesa, pero antes de levantarte no olvides besar su pié como gesto de agradecimiento.
Es normal que la imagen del hostelero veterano sea una imagen triste, hosca, antipática, esquiva, maniática... y como síndrome de Estocolmo luego lo añoran. Yo no sé si seguiré en este gremio de por vida...lo amo y lo odio a la vez. Y es lo que sé hacer, el ambiente en el que me muevo con comodidad. También hay clientes buenos, clientes educados y agradecidos, y son a ellos por los que me debo, uno de los buenos compensa cien de los malos, pero me temo que la proporción es de uno a dos cientos. No es de extrañar que cada día, después de años trabajando en la B.B.C. (Bodas, Banquetes y Comuniones) sea un poquito más radical que el día anterior.

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